David B Gil

marzo 21, 2022

El samurái en el manga y la literatura

El samurái en el manga y la literatura

Honor, nobleza sin tacha, un sentido del deber más allá de la muerte y una devota consagración al arte de la espada. Estos son los rasgos definitorios del samurái tanto en Japón como en Occidente, la imagen que ha llegado de estos guerreros hasta nuestros días. Pero conviene diferenciar entre la realidad histórica y el mito romántico, aunque este último resulte mucho más sugerente y evocador. Lo cierto es que durante el periodo Sengoku (siglos XV-XVI), el de mayor actividad bélica en la historia de Japón, los constantes conflictos territoriales y las cruentas disputas por el poder no dejaban espacio para la elevación espiritual o la lealtad inquebrantable; y en el subsiguiente periodo Edo (siglos XVII a XIX), los samuráis eran más una clase funcionarial que militar.

¿Es falso, entonces, lo que sabemos de los samuráis? No exactamente. Se trata más bien de un constructo cultural que hunde sus raíces en una realidad histórica, pero que ha sido moldeado a través de la cultura popular y una exaltación interesada del pasado. Veamos cómo ha evolucionado la figura del samurái en la literatura, desde la tradición oral del siglo XIII hasta el manga de posguerra del siglo XX.

Las primeras historias de samuráis

La épica militar es una constante en todas las tradiciones literarias: la hallamos en el seminal poema de Gilgamesh, en la epopeya grecolatina (con su profusión de héroes y batallas) y en los cantares de gesta de la Europa medieval. A medio camino entre la crónica histórica, la hagiografía y el relato de aventuras, estas manifestaciones literarias no solo ensalzaban la figura del guerrero, también establecían un ideal al que estos debían aspirar. No fue diferente en el caso de la tradición literaria japonesa.

Ya en el Kojiki («Registro de las cosas antiguas»), una crónica mitológica sobre el origen de Japón compilada a principios del siglo VIII, se recogen pasajes sobre el legendario Yamato Takeru, hijo del emperador Keikō, al que podemos considerar una temprana manifestación del ideal de guerrero japonés: de carácter noble y elevado, diestro por igual en el manejo de la espada y en las artes literarias. Este paradigma del guerrero cultivado, tan propio de la nobleza imperial de Heian, sería posteriormente asimilado por la casta samurái como una de esas virtudes a las que aspirar. Así, muchos siglos después, el propio Miyamoto Musashi escribiría en El libro de los cinco anillos (1645): «la Vía del Guerrero exige que el practicante aprenda tanto la disciplina de las letras como la de las armas. Tal es el camino correcto del samurái. Aunque sea torpe y se le dé mal, un guerrero no debe cejar en el cultivo de esa doble faceta».

 

Grabado del príncipe Yamato Takeru

Grabado del príncipe Yamato Takeru empuñando la espada Kusanagi. Obra de Taiso Yashitoshi (1880).

 

Vemos aquí un primer ejemplo de cómo la ficción (pues el Kojiki pisa más el terreno de la literatura que el de la crónica histórica) estableció un ideal que posteriormente sería incorporado como intrínseco al samurái; no solo en posteriores obras de ficción, sino como un valor aspiracional reconocido por la propia casta militar.

Pero ¿cuál es el primer relato literario propiamente sobre samuráis? En primer lugar, habría que identificar cuándo la figura del bushi («guerrero») pasa a convertirse en samurái, esa casta militar surgida en la periferia que termina erigiéndose en la clase dominante del país. El monje erudito Jien señala el año 1 de la era Hōgen (1156) como el inicio de la edad de los samuráis; y hay una obra literaria que, precisamente, retrata la rivalidad entre las dos grandes familias samuráis que protagonizaron los acontecimientos de dicha era: el Heike Monogatari.

El Heike Monogatari (o Cantar de Heike) es un poema épico cantado por los monjes mendicantes biwa hōshi desde finales del siglo XII o principios del XIII. Como tantas obras de la tradición oral, resulta imposible determinar su autoría, pues su contenido se fue modificando y enriqueciendo con el paso de los años y los intérpretes. Las primeras versiones escritas, no obstante, fijaron su estructura en doce libros y un epílogo que cuentan la histórica guerra entre el clan Taira y el Minamoto, dos familias samuráis enfrentadas por la supremacía del país.

Esta epopeya no se limita a actuar como crónica épica de las Guerras Genpei (1180-1185), es también una elegía por el esplendor perdido de Heian, la gran capital imperial cuyo poder declinaba ante el auge de la nueva casta militar, y un reflejo de la enseñanza budista del karma, que provee justicia por las buenas y las malas acciones cometidas en la vida.

Podemos decir, por tanto, que el Cantar de Heike es la primera obra literaria protagonizada por la pujante casta guerrera, y al ser una obra concebida para las clases populares (a diferencia del nyōbō bungaku, la literatura cortesana del periodo anterior), contribuyó a fijar en el imaginario colectivo el ideal de samurái que encontraríamos en toda la literatura posterior. Un ideal en el que los propios samuráis les gustaba verse reflejados, por más que los cruentos acontecimientos de siglos posteriores dejaran poco espacio para concesiones románticas.

 

Heike Monogatari en su versión anime de 2021

Heike Monogatari en su versión anime de 2021

 

El periodo Edo y la glorificación del pasado militar

Los periodos Kamakura, Muromachi y, sobre todo, el turbulento periodo Sengoku carecieron de la pujanza literaria de la anterior etapa imperial. La mayoría de los textos manados de la clase samurái durante esta época eran de carácter práctico: documentos a medio camino entre los manuales militares y la guía moral, que tenían por objeto instruir a los jóvenes de esta casta guerrera.

Pero la larga estabilidad del periodo Edo (1603-1868), bajo el gobierno de los shogunes Tokugawa, trajo consigo un resurgir de las obras de ficción; principalmente a través del muy popular teatro kabuki, cuyas obras estaban en muchas ocasiones protagonizadas por guerreros de la antigüedad.

 

Actor de Kabuki caracterizado como un samurái

Actor de Kabuki caracterizado como un samurái

 

En cualquier caso, el kabuki no fue la única literatura sobre samuráis que se produjo durante la época. El bakufu Tokugawa supuso el fin de los conflictos bélicos, lo que obligó a los samuráis a reconvertirse en un estamento de funcionarios y administradores que, pese a portar la daisho, tenían una relación cada vez más lejana con la práctica marcial. Surge así un nuevo tipo de literatura que, en forma de ensayo o pretendida crónica del pasado, se esfuerza en glorificar y mitificar el pasado bélico de los samuráis.

Es la época de autores como Yamaga Sokō o Yamamoto Tsunetomo, nostálgicos de una era militar que no llegaron a conocer, pero que idealizan a través de sus textos y reflexiones. De ellos surgen conceptos como bukyō («el credo del guerrero») o shidō («el camino del guerrero»), que siglos después serían rescatados por autores como Nitobe Inazō bajo el término de bushido.

Los autores del periodo Edo, por tanto, no pretendían ficcionar, sino tomar el ideal de guerrero japonés existente desde la antigüedad y darle un corpus filosófico, espiritual y un sustento pretendidamente histórico. El resultado, no obstante, es una imagen más próxima al mito romántico que a la realidad histórica; una revisión atractiva y fascinante de estos guerreros que tuvo un gran impacto en la ficción que estaba por llegar, siendo en gran medida el concepto de samurái que ha prevalecido hasta nuestros días.

 

Caída y recuperación del mito del samurái

Si el gobierno de los Tokugawa supuso un larguísimo periodo de estabilidad y aislamiento para Japón, la Restauración Meiji (1868-1912) trajo consigo una etapa de aperturismo y modernización del país a marchas forzadas. Durante este periodo, caracterizado por una ruptura con el anterior régimen feudal, los samuráis se convirtieron en un símbolo de todo lo que se pretendía dejar atrás. Japón abrazaba la nueva era con Occidente como espejo en el que mirarse, y esto trascendió también a su producción literaria.

No obstante, la irrupción desbocada de nuevos hábitos y valores, en muchos casos contrarios a los que tradicionalmente habían imbuido a la sociedad japonesa, hizo que germinara un movimiento reaccionario que floreció a principios del siglo XX a través de corrientes de pensamiento como el nihonjinron, que defendía la excepcionalidad del pueblo japonés y la necesidad de anclarse a sus costumbres ancestrales.

Textos como Bushido: el alma de Japón, de Nitobe Inazō (1862-1933), abundan en la recuperación del samurái como paradigma de estos valores tradicionales; un simbolismo que el ultranacionalismo japonés aprovecharía para enardecer a las tropas durante la Segunda Guerra Mundial, que partían al frente con una katana a la cadera, como si fueran auténticos guerreros del periodo feudal.

 

El samurái en el manga y la literatura de posguerra

Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, surge la necesidad de nuevas formas de entretenimiento que evadan al público japonés de un difícil presente y un futuro incierto. Las historias de samuráis, en boga desde antes del conflicto, continúan siendo recurrentes, ahora como una forma de refugiarse en un pasado idealizado.

De entre los autores japoneses de novela histórica de este periodo, cabe destacar la figura de Yoshikawa Eiji (1892-1962), que se especializó en ficcionar la biografía de los grandes samuráis de la antigüedad. Yoshikawa publicó varias de sus obras más célebres entre las décadas de 1920 y 1930, aupado por la ola de exaltación del pasado tan propia de la preguerra. Pero la calidad de sus textos y su habilidad como narrador permitió que sus trabajos continuaran vigentes décadas después, de modo que sagas como Musashi, Taiko o El nuevo relato de Heike se convirtieron en fuentes de inspiración de esta nueva literatura de evasión, similar en muchos aspectos a la literatura pulp norteamericana.

El otro gran fenómeno literario surgido tras la guerra fue la industria del manga.

El medio irrumpe a finales del siglo XIX como la enésima importación llegada desde Occidente, cuando la prensa nipona comenzó a publicar viñetas de sátira política y social, a imagen de las historietas aparecidas en la prensa europea. Esta forma de expresión pronto se fusionó con la tradición gráfica japonesa emanada del ukiyo-e, dando lugar a un nuevo medio.

La aparición del manga moderno, no obstante, está muy ligada a esta necesidad del Japón de posguerra de encontrar nuevas formas de entretenimiento baratas y ampliamente populares. Dado el éxito de las historias de samuráis, era cuestión de tiempo que los legendarios guerreros de la antigüedad protagonizaran sus propias aventuras en este nuevo formato, de forma similar a como también lo harían en el cine y la televisión.

Los inicios de la industria del manga estuvieron marcados por la inmensa figura de Tezuka Osamu (1928-1989), que estableció los códigos estéticos y narrativos del medio, dotándolo de una estética cartoon muy inspirada en las películas de Disney. Pero fueron autores como Tatsumi Yoshihiro, Koike Kazuo y Kojima Goseki los que abanderarían la segunda ola del manga aparecida a partir de la década de los 60. Era un manga mucho más adulto en su estética y sus temáticas, denominado gekiga (劇画 «dibujo dramático»), en contraposición a manga (漫画 «dibujo caprichoso», «garabato»).

Fue en el gekiga donde autores como el mencionado Koike Kazuo, y otros como Hirata Hiroshi e incluso el propio Tezuka Osamu, comenzaron a desarrollar historias de época protagonizadas por samuráis. Era el caso de obras como El lobo solitario y su cachorro, Asa, el ejecutor, Satsuma Gishiden o El árbol que da sombra, en las que encontramos una fuerte influencia de novelistas como Yoshikawa Eiji o Mishima Yukio, y de la producción coetánea del cine de samuráis.

Estos mangas oscilaban entre la sobriedad del jidaigeki (dramas de época producidos para el cine y el teatro) y el carácter lúdico del chambara (equivalentes a las novelas de “capa y espada” europea); pero siempre estaban escritos para un público adulto y con una intención de recreación costumbrista que los emparentaba en gran medida con la literatura histórica.

 

Manga, El lobo solitario y su cachorro

Página de _El lobo solitario y su cachorro_ ilustrada por Kojima Goseki (1970)

 

Las historias modernas de samuráis

Podría decirse que los relatos de samuráis se han convertido en un tropo imperecedero de la cultura japonesa, de forma similar a como el western lo es en la cultura estadounidense. Aunque su época dorada quedara atrás, son historias recurrentes, pues sus códigos estéticos y narrativos son tan compartidos que permiten abrazar muchos géneros y contar historias muy diversas.

Con el boom del manga en la década de los 90 llegaron muchas de las obras antes mencionadas a Occidente, un flujo que no ha cesado gracias a los trabajos de nuevos mangakas como Inoue Takehiko (Vagabond) o Watsuki Nobuhiro (Rurouni Kenshin), que, inspirados por las historias que leyeron en su infancia, han sabido reinterpretar la figura del samurái para el público del siglo XXI.

 

El samurái en el manga y la literatura

Escena del manga _Vagabond_, de Takehiko Inoue (1998)

 

Los relatos de samuráis, por tanto, lejos de extinguirse, parecen haberse revitalizado con la globalización cultural propia del nuevo siglo. Hasta el punto de que ya no solo se producen en Japón, sino que comienzan a llegar también desde Occidente: videojuegos como Ghost of Tsushima y Trek to Yomi, películas como El último samurái, 47 Ronin o Kill Bill, así como una nueva corriente de novelas escritas por autores europeos y americanos, parecen consagrar al samurái y su trasfondo histórico como fuente de inspiración para públicos y creadores de distintos países y culturas.

 

El samurái en el manga y la literatura

Concept art del juego _Ghost of Tsushima_, del estudio norteamericano Sucker Punch

 

Algunas novelas y mangas de samuráis publicados en español:

47 ronin. Tamenaga Shunsui. Satori, 2017.

Asa, el ejecutor. Kazuo Koike y Goseki Kojima. Planeta Cómics, 2021.

Ciclo Aki Monogatari. Carlos Bassas. Ediciones Toromítico, 2012, y Quaterni, 2015.

El árbol que da sombra. Osamu Tezuka. Planeta Cómics, 2005.

El cantar de Heike. Eiji Yoshikawa. Satori, 2014.

El fantasma de los Nanjō. Sergio Vega. Chidori Books, 2019.

El guerrero a la sombra del cerezo. David B. Gil. Suma de Letras, 2017.

El lobo solitario y su cachorro. Kazuo Koike y Goseki Kojima. Planeta Cómics, 2005.

Forjada en la tormenta. David B. Gil. Suma de Letras, 2022.

Fūrinkazan: La epopeya del clan Takeda. Yasushi Inoue. Sexto Piso, 2014.

Hanzō, el camino del asesino. Kazuo Koike y Goseki Kojima. ECC Ediciones, 2016.

Heike Monogatari. Anónimo (traducción de Rumi Tani y Carlos Rubio). Satori, 2021.

Kogaratsu. Marc Degroide Michetz y Serge Bosse. Ponent Mon, 2016.

La katana del lamento. Fubo Hayashi. Satori, 2015.

La rebelión del emblema. Hiroshi Hirata. Glènat, 2005.

La senda secreta. Pablo Tobías. Quaterni, 2019.

Las piedras de Chihaya. Sergio Vega. Quaterni, 2013.

Musashi. Eiji Yoshikawa. Quaterni, 2009.

Ocho millones de dioses. David B. Gil. Suma de Letras, 2019.

Orgullo de samurái. Hiroshi Hirata. Glènat, 2005.

Shōgun. James Clavell. Descatalogado.

Taiko. Eiji Yoshikawa. Martínez Roca, 1995.

Usagi Yojimbo. Stan Sakai. Planeta Cómics, 2000.

 

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2 Comentarios

  1. Miguel Ángel Roca

    Muchísimas gracias por tanta información ,mientras espero a la edición de Forjada a fuego cogeré algún título de este artículo,un saludo y muchas gracias otra vez

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    • David B Gil

      Gracias a ti por leer mis textos con tanto interés. Y con cualquiera de los títulos mencionados seguro que aciertas 😊

      Responder

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